Archivo mensual: febrero 2013

Al dentista (1)

Mientras que la sociedad japonesa enfrenta una severa escasez de obstetras y pediatras, lo contrario ocurre con los dentistas, que más bien pueden estar de sobreoferta, al menos en las grandes ciudades, algo que a uno le conviene en caso de necesidades, ya que no hace falta correr buscando consultorios ni marcar innumerables números para conseguir hacer citas. En algunos casos basta pararnos en una intersección y mirar por ahí, y puede saltar a nuestra vista un gigantesco letrero de dentista en lo alto o paredes de los edificios de cada una de las cuatro esquinas… De ahí no nos toma mucho tiempo pasar por las puertas de los cuatro consultorios para así comparar sus horarios de atención, grado de modernización, nivel de horrores, etc…

Y así fue una noche a finales de noviembre del año 2012 de nuestra era, cuando decidí poner fin a unos dos problemas que cada cierto tiempo (una vez, dos o tres al año, ya desde hace más de una década) me fastidiaban por una semana o dos. Bueno, un problema tenía que ver con una muela de juicio y el otro con las encías, y los dos tenían algo en común: dolores, que me imagino que muchos preferirán no tener. El tema es que eran dolores que, si bien eran bien fuertes, duraban solo una semana o dos (y desaparecían antes que yo decidiera acudir al dentista, aunque bien sabía que sin debido tratamiento, los problemas nunca iban a terminar definitivamente).

Me parece que una tendencia es la prolongación del horario de atención: si antes los dentistas no atendían por la noche y descansaban uno o dos días a la semana, ahora es fácil encontrar consultorios abiertos hasta las 8, 9 o incluso hasta las 11 de la noche y sin dejar de atender los sábados y domingos, seguramente por la feroz competencia por la sobreoferta y también por captar la necesidad de la gente, que anda cada vez más ocupada y cada vez menos tiempo tiene para ir al dentista. Bueno, además del horario, también hay mucha oferta en cuanto a su ubicación conveniente: en un rincón de un edificio de establecimiento comercial anexo a una estación de tren, por ejemplo. No debe salir barato el alquiler de locales tan convenientes y no sé de dónde sale tanto dinero (¿del bolsillo de sus clientes…?) y supongo que alguna gente podría temer que en los consultorios así modernos con cierto toque comercial además del médico, de repente pudiera darse más importancia a contar dinero para recuperar la inversión que curar dientes enfermos… Bueno, esto último es solo una imaginación infundada, y no para desprestigiar a nadie, para nada.

El hecho es que por la necesidad mía, en cuanto al horario y lugar para poder acudir después del trabajo, por primera vez opté por ir a un consultorio de esos, de atención hasta las 21:00 en un rincón de un edificio comercial…

(Continuará)

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Sala de expulsión

Algunas grandes y muy conocidas empresas de Japón tienen algo que recibe el nombre de “sala de expulsión”, que, más que a una sala física, se refiere a una sección o puesto de trabajo adonde se trasladan cierto tipo de empleados que antes se dedicaban a otro tipo de labores en otras especialidades, quienes, ahora en su nueva sección, en algunos casos encuentran una tarea muy difícil, en cantidad o en calidad, con una meta prácticamente imposibles de cumplir, o en otros casos, al contrario, casi no encuentran trabajo y solo mata tiempo sin hacer nada desde la mañana hasta la tarde todos los días (situación bastante cómoda para las personas más descaradas, quizá…), dos situaciones extremamente opuestas pero con la misma finalidad: lograr que los empleados en cuestión se sientan lo suficientemente inútiles; que se resignen a que no hay espacio para ellos en la empresas y que decidan renunciar “por voluntad propia”.

Aunque sin usar el término “sala de expulsión” (y en cambio, el de “botadero final”), la revista económica Nikkei Business recoge, en un especial titulado “Renunciar o perseverar: balance económico de la jubilación anticipada” sobre la situación de quienes trabajan o han trabajado en ciertas empresas en tiempos de crisis (edición del 18 de junio del 2012), el caso de un hombre que de un momento para otro fue trasladado a una sección desconocida, que resultó ser una especie de central telefónica, con decenas o centenas de compañeros sentados en una sala de conferencias, cada uno con un aparato de teléfono y guía telefónica en la mesa para realizar su tarea, que consistía en llamar, sin cesar, a cuantas personas se pudiera y venderles cosas que se sabía que nadie querría comprar (tipo “cursos de inglés de dudosa fama y de elevadísimo precio”, etc). En la sala hay un vigilante para que los “vendedores” no dejen de trabajar, pero no se pone ningún objetivo numérico de venta ni tampoco hay elogios/reprendimientos por el resultado porque ya se sabe que nadie querrá comprar sus productos y eso no importa… El objetivo de la sala era… esperar la resignación y renuncia voluntaria de sus “vendedores”, a quienes no les dan otra salida y por eso era el botadero final

Bueno, no se sabe si mi compañía también tiene tal sala o botadero, pero ha anunciado que por enésima vez está planeando una decapitación masiva y una gran rebaja de sueldos… La vez pasada terminé sobreviviendo pero esta vez no sé cómo será. Sabremos el resultado dentro de cuatro meses.

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De cortesía

Si la humanidad antes vivía un poquito más en armonía y ahora un poquito menos, se podría decir que el origen del mal está, parcialmente, en la aparición del teléfono celular, artefacto que nos ha traído muchas cosas buenas y malas. Bueno, no voy a hablar de la llamada nomofobia, que pareciera ser un fenómeno global, sino de algo que podría ser algo más local del Japón y que en todo caso me parece que tiene algo curioso y chistoso, que tiene que ver con el uso del celular en tren.

A ver, si antes la gente viajaba con un poquito más de tranquilidad, la aparición del celular ha cambiado la situación porque a medida que fue aumentando el número de usuarios del celular, también fue en aumento el número de las personas que empezaron a usarlo en tren, e igualmente en aumento el número de las personas que empezaron a sentirse molestas o incómodas cuando, dentro del vagón de tren, alguien cerca hablaba por celular, lo cual, a veces se convertía en peleas entre pasajeros y otras veces en quejas dirigidas a los administradores del tren, o compañías ferroviarias. Estas últimas, por su cuenta, empezaron a tomar sus medidas, estableciendo sus reglamentos acerca del uso del celular dentro del tren, que al principio variaban según la compañía (y eran algo como “prohibido totalmente el uso del celular en tren”, “prohibido en los vagones de número par, pero permitido en los del número impar”, etc.) pero, para evitar la confusión por las diferencias, al final llegaron a establecerse dos reglas comunes para la mayoría de las compañías ferroviarias, que quedaron así:

  1. Cerca de los asientos de cortesía, debe apagarse el teléfono celular.
  2. Si no cerca de los asientos de cortesía, se permite el uso de mensajes de texto, internet, etc., pero queda prohibido realizar llamadas de voz.

Y lo cierto es que, a mi parecer, estas son de las reglas menos respetadas y que menos sentido tienen de Japón, porque…

En cuanto a la regla (2), algunos dicen que es incómodo soportar las llamadas telefónicas ajenas en tren porque, “al hablar en medio del ruido propio del tren y por la limitada calidad de la voz trasmitida por el micrófono-señal electromagnética-parlante del celular, la gente tiende a gritar y eso molesta a los demás” (pero si es por gritar, yo diría que se prohíba gritar, ya sea por celular o con el interlocutor presente, y no hace falta prohibir las llamadas por celular si es que se hacen en voz baja) mientras que otros dicen que es incómodo escuchar las llamadas telefónicas ajenas porque “nos deja en estado de suspense por entender la conversación a medias, por obligarnos a escuchar solamente lo que dice la persona presente y no permitirnos escuchar a su interlocutor” (pero ¿para qué michi importa el contenido de conversaciones ajenas?, ¿no sería simplemente cuestión de dejar de prestarle atención?).

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La regla (1) viene teóricamente para proteger a las personas que llevan ciertos instrumentos médicos como marcapasos cuyo funcionamiento puede ser alterado por ondas electromagnéticas del celular. Pareciera tener un poquito más razonable que la regla (2), pero aun tiene su problema: tengo entendido que los asientos de cortesía no solo son para las personas vulnerables a las señales de celular; hay otro tipo de personas: alguien con una lesión en una pierna y por eso con todo derecho a recurrir a dichos asientos, para dar solo un ejemplo, … y entonces ¿es necesario obligar a esas personas a elegir: o renunciar al derecho a usar los asientos de cortesía o renunciar al derecho a usar mensajes de textos, internet, etc.? Y… más allá de la intención de la regla, el gran hecho es que yo, jamás en mi vida he visto un pasajero apagar/encender su teléfono celular al acercarse/alejarse de los asientos de cortesía, mientras que sí sigo observando que muchos pasajeros manejan su celular con toda naturalidad en los mismos asientos de cortesía, y para peor aún… eso ocurre incluso cuando hay bastantes asientos de no cortesía libres (yo, aunque no creo que sea muy adecuada la regla en cuestión, sigo creyendo que es mejor tratar de evitar cometer infracciones innecesarias).

En todo caso, es lo que ocurre aquí y sería interesante saber cuál sería el caso en otros países, o si alguien ha visto alguna vez a alguien hacerle caso a la regla (2) en Japón…

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El Señor del Sábado

Como cualquier mañana me levanto a las 4:35, apresuradamente desayuno, rutinariamente hago las siguientes tres cosas (lavar los platos, lavarme los dientes y calentar el té que luego llevo en mi termo) casi a la vez, me alisto y salgo de la casa poco antes de las 5:10… Bueno, últimamente me estoy acostumbrando a salir a las 5:10 pero esta vez trato de salir un poquito más temprano porque, al llegar a la estación, pienso comprar algo de comida en una de las dos tiendas de conveniencia que hay por ahí antes de tomar el tren.

Por suerte termino de hacer las compras a tiempo y tomo el tren a las 5:31 para viajar para viajar unos cuantos minutos y tomar el siguiente de tren de otra línea. No me hace gracias el tener que esperar los 13 minutos para este transbordo pero no hay remedio, ya que a esta hora no hay otra combinación de trenes. El segundo tren que tomo llega viene a las 5:47 y llega al destino a las 6:08 para luego ¡a correr!

Creía que la distancia era de 2,5 kilómetros pero resulta que en realidad era de poco más de 3,3 kilómetros (el hecho es que hace muchos años, una vez había calculado la distancia más o menos aproximada de 2,5 km entre la estación y mi oficina pero era para ir por avenidas principales y rutas nacionales, mientras que después cambié de ruta, para caminar por callecitas menos transitadas y menos peligrosas), que ahora estoy logrando correr en 20 minutos, casi, para llegar a la oficina a las 6:30…

 

Bueno, pareciera una repetición de la entrada anterior, solo unos datos actualizados, pero la otra diferencia es que al entrar a la oficina, me identifico ante el portero y registro la hora de entrada en un formulario antes de correr al pabellón donde trabajo…

Y es que ha comenzado mi ciclo de trabajar de martes a sábados y hoy es mi primer “sábado hábil”, y de ahí lo de comida (porque los sábados no funciona el comedor para los empleados) y todo. Bueno, habría que ver que no solo soy yo, sino que hay muchas otras personas que trabajan también en los fines de semanas y desde antes de esta hora… (incluidos los de la tienda de conveniencia, los empleados de la compañía ferroviaria, el portero de mi oficina, etc.), así que no es para quejarse… Nada. Y esto es simplemente para apuntar la vida diaria de uno y opto por hacerlo porque para esta vez no he tenido tiempo para encontrar otro tema.

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