Archivo diario: 2 febrero, 2008

Iguaçu (3)

Me levanto a las 7.00 pero el desayuno es a partir de las 8.00… y sucede esto justo hoy que quiero salir lo más temprano posible, para ir a Brasil. Bueno, espero un rato paseando por ahí, y luego desayuno, me alisto y cancelo la cuenta, aunque aún dejo mi equipaje ahí.

El colectivo para Brasil no tarda en llegar a la frontera, donde todos los pasajeros bajamos para el control migratorio, pero solo por el lado argentino al parecer. Me intriga saber si habrá un segundo control luego de cruzar el río, porque aún no me han dado la “tarjeta de embarcación” ni nada parecido para la entrada al Brasil. Le pregunto a una funcionaria, que me contesta que no hay nada de eso; que es suficiente tener la visa brasilera (que ya había sacado en el Consulado General del Brasil en Tokio). Quedo mirando el sello que pusieron en mi pasaporte, y la funcionaria le comenta a otra, “No confía….”

El bus cruza el río y avanza sin pasar por la aduana brasilera, y pronto veo un letrero que dice “Foz do Iguaçu” y “Cataratas” con flechas que indican la dirección. El bus va para Foz do Iguaçu pero yo decido bajar aquí, porque así me habían aconsejado, que bajara aquí para tomar otro ómnibus, para las Cataratas. Aparte de ese letrero, solo veo campo y árboles, y la carretera. Me invade una sensación de inseguridad, más que nunca me siento solitario en un país desconocido… y me arrepiento, casi, de no haber tomado el camino más fácil: ir hasta Foz do Iguaçu para ahí cambiar de ómnibus, sin riesgo de perderme. De todas maneras empiezo a caminar por la dirección de las Cataratas, y pronto aparece un hotel frente al cual se supone que está la parada de ómnibus además del primer ser vivo que encuentro en Brasil: un “cão bravo”, como dice una placa de advertencia. En la parada hay, además que yo, una chica que está esperando su ómnibus, a quien le pregunto si de aquí sale el bus para el Parque Nacional. La brasilera me contesta que sí, y que será un bus que pasa por el aeropuerto y va hasta el Parque Nacional. Al lado de la parada, hay taxis, cuyos choferes nos quieren ofrecer su servicio, que rechazamos cortésmente. Luego de un largo rato viene un ómnibus, en que se va la chica, que no va para las Cataratas sino para otra dirección a visitar a sus familiares… y yo de nuevo estoy solo. Espero media hora más, hasta que por fin llega mi bus para el Aeropuerto y Parque Nacional. Subo y hay dos chicas cobradoras, a quienes les pago en dólares porque aún no tengo reales brasileros. En Brasil, es un camino despejado, entre campo y a veces con casas y noséqué locales al lado. Hay un Parque de Aves (que parece interesante pero por hoy no tengo tiempo), y el Aeropuerto (más grande que el de Argentina), para al final llegar al Parque Nacional.

La boletería del Parque Nacional de Brasil no acepta mis billetes de dólares, y opto por comprar una botella de agua mineral para, con la vuelta, pagar la entrada. El agua sí se puede comprar con dólares, pero igual quedan rechazados los billetes de valores elevados. Como sea, logro entrar y subo al bus para desplazamiento dentro del parque, de dos pisos, con dibujos de animales o mariposas en colores vivos, y con anuncios en portugués, español, e inglés. Yo voy directo hasta la parada “Tropical das Cataratas”, de donde empieza la ruta para caminar a lo largo del río, mirando siempre las Cataratas al otro lado del rió. Si en Argentina se puede ver las Cataratas muy de cerca (a la distancia en que se puede tocar, casi…), de Brasil se puede ver de lejos (y por consiguiente, más pequeñas) para captar una imagen panorámica de las Cataratas en su totalidad.

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Y otra diferencia es que aquí la caminata es más o menos recta y sin muchos altibajos. Se caminaría un kilómetro o algo así, y no se demora demasiado tiempo para llegar al punto final de este paseo: la Garganta del Diablo. Aquí si, una parte de las Cataratas está en el lado brasilero, para verlas muy de cerca. Si en la Argentina se puede ver la Garganta desde arriba, en Brasil se la ve desde abajo, y aquí también hay un puentecito para acercarnos un poco más.

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Justo al lado de la Garganta del Diablo hay un edificio de tiendas, donde hago mis compras para recuerdos de la tierra brasilera, pero estoy bastante intranquilo; ya me siento bien apurado porque tengo que volver a la Argentina antes de las 14.00, y ni tengo averiguado el horario del ómnibus de regreso. Así que, aunque con pena, decido no pasar mucho tiempo aquí. Subo al bus y vuelvo a la entrada del parque. Aquí, antes de buscar el horario de ómnibus, encuentro un taxi, le pregunto la tarifa, que acepto sin pensar mucho.

Al pasar la frontera por segunda vez, sucede lo mismo que la primera vez: No paramos en la aduana brasilera sino en la argentina. La diferencia ahora es que el viajero no baja del taxi, porque de todo se encarga el chofer, a quien le doy mi pasaporte y un monto de plata para que haga el trámite por mí. Yo no termino de entender qué clase de trámite migratorio se puede hacer sin la presencia física del viajero, y quiero bajar pero el chófer insiste: “Não é preciso”. Otro misterio migratorio es que aquí tampoco me dan la “tarjeta de embarcación”. A mi primera llegada a la Argentina, en Córdoba, me habían dado esa tarjeta que, luego de ser rellenada, la mitad se entregaba al oficial y la otra mitad la guardaba el viajero hasta el momento de salir de Argentina. Y si esa “otra mitad” mía quedó en manos de los funcionarios de este mismo puesto fronterizo esta mañana (cuando “salí” de Argentina a Brasil), ahora que estoy nuevamente en Argentina (y sin esa tarjeta en cuestión) me pregunto si acaso no tendré problemas a la hora de salir de este país la próxima vez? Solo espero que no pase nada.

fronterabr.jpgfronteraar.jpg 

De todas maneras, me fijo en el color del puente internacional que cruza el río: La mitad brasilera que es verdeamarillo, y la mitad argentina albiceleste. Algo que no se puede ver en Japón.

Al hotel llego más temprano de lo que me imaginaba, porque en taxi se demora mucho menos tiempo que en ómnibus.  Paso mis últimos momentos en Iguazú gastando mis reales brasileros (que ya no necesito) en las pocas tiendas abiertas hoy, conversando con otros turistas, y mirando por ahí.  En la calle hay un señor que divaga vendiendo artesanías guaraníes, cosas que ahora que escribo estas líneas me arrepiento de no haber comprado más….

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